Nacho
era un chico de la cuadra, en C., más bien desagradable. Hoy lo recuerdo sucio, desprolijo, más allá de lo que un púber tolera. Solía pasar muchas horas en casa. Su padre no tenía trabajo (no sé de qué vivían) y creo que él no soportaba la situación. Solía comer sánguches de queso y dulce con mostaza. Creo que de ahí viene el asco.
El caso es que una tarde, en las vías, detrás de una casilla abandonada, comenzamos, aburridos, a masturbarnos. Teníamos retazos pegoteados de eyaculaciones de una vieja porno que encontramos tirada en la calle.
Pantalones en los tobillos, lampiños, minúsculos, calientes. Nacho dice:
-Probá metérmela por el culo.
-¿Qué decís?
Yo ignoraba que Nacho quisiese que me lo culeara, no que se lo culeara nadie. A esa altura, yo ya había tenido sexo con niños, jóvenes y adultos; mi culo lo podía todo. Pero sabía que no todos eran así.
-Eso, que me metas la pija en el culo.
-¿Estás seguro?
Lo agarré de la cintura como a una nenita; yo ya estaba muy caliente. Preguntaba sólo para hacerme el histérico.
-Sí -dijo- de todos modos no va a entrar.
El argumento me dio ternura, y se la metí hasta el fondo. No lo bombeé, solamente lo penetré y le removí un poco el recto con mi cabeza, que ya era muy grande y fuerte. Por esa vez lo dejé caliente. Después saqué la pija de su culo, y me pajeé. Acabé en su calzoncillo, en sus tobillos y en sus zapatillas, lo sostenía del cuello, acostado, en una posición acrobática.
Un tiempo después, Nacho volvería pidiendo por favor…