Sólo era cuestión de persistencia. No demasiada, pero siendo tan chico no es fácil ejercer la constancia. El placer de manosearme la pija se consolidó a medida que descubrí el modo correcto de hacerlo, y la concepción de paja fue abriéndose paso, inclusive antes de conocer el término. “Paja.” Aquella persistencia de la que hablo me llevó a la primera eyaculación. Estaba en el baño, duchándome. Sin equivocarme en la valoración de la importancia de aquello, por alguna razón grabé en mi memoria hasta los más minúsculos detalles. El agua salía irregularmente de la ducha: me pegaba un chorro grueso y alrededor una lluvia molesta y menor. El chorro parecia muy caliente, y el rocío muy frío. Los frascos inmensos de shampoo y crema de enjuague que mi vieja compraba en ofertas imperdibles obturaban el espacio que podría haber destinado a sentarme, así que todo sucedió estando parado. Me miraba la pija, de espaldas al agua que me corría de la nuca al culo y caía por las piernas. Fue rápido, puesto que fue eficiente en el estímulo y desconocía el concepto de retraso, de contención. Claro: no sabía que había algo retrasable o contenible. El placer y la curiosidad crecían a medida que me acercaba al por entonces desconocido orgasmo. La cabeza de la pija se enrojecía y crecía como un hongo entre mis dedos. Bastó un mínimo de presión en torno a la cabeza, con la mano en movimiento, para entrar en la zona de no retorno. Algo aumentaba en mí, algo fascinante. No sabía que era, pero tuve una convicción irrenunciable: seguir hasta donde se pueda. El camino de ladrillos amarillos. Lo que me esperaba, dos o tres golpes de muñeca más allá, era un chorro de leche saliendo de la punta de la pija. Lecha blanquísima que contrastaba con el rojo inyectado del glande. Me corrí desesperado del agua para que aquello no se lavase. Lo tuve en mis manos un rato largo, hasta que cuajó, se licuó, se desvaneció. Sentí una fascinación que hoy en día persigo, como el tesoro más preciado. Tenía seis años y estaba en primer grado. Era julio, hacía frío y en casa se comían omelettes quemados mientras veíamos Los tres chiflados. Después: al cole.